ACEITE DE PERRO (A. Bierce)

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Traducción de Alejandro Caja. Ilustraciones de Julio Robledo.

         Mi nombre es Boffer Bings. Nací de padres honestos en una de las más humildes cunas, siendo mi padre fabricante de aceite de perro, y mi madre dueña de un pequeño taller a la sombra de la iglesia del pueblo en donde se encargaba de los bebés no deseados. En mi niñez el trabajo me fue inculcado como un hábito; no solo ayudaba a mi padre procurándole perros para sus ollas, sino que a menudo mi madre me empleaba para que me deshiciera de los despojos de su trabajo llevándomelos del taller. En el cumplimiento de este deber a veces necesité de toda mi inteligencia natural, pues los agentes de la ley de los alrededores eran contrarios al negocio de mi madre. Esta oposición no era un mandato de la papeleta que los había elegido, el asunto nunca había sido motivo de debate político; simplemente era así. El negocio de mi padre, la elaboración de aceite de perro, era menos impopular, como es natural, aunque los propietarios de perros desaparecidos a veces lo miraban con sospecha, sospecha que en cierta medida recaía en mí. Mi padre tenía como colaboradores silenciosos a los médicos del pueblo, que rara vez expedían una receta que no incluyera lo que ellos gustaban designar como “Ol. can.”. Se trata en verdad de la medicina más valiosa que se haya descubierto jamás. Pero muchas personas no están dispuestas a hacer sacrificios personales por los afligidos, y era evidente que varios de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho este que hería mi tierna sensibilidad, y que en una ocasión a punto estuvo de llevarme a la piratería.

Volviendo la vista sobre aquellos días no puedo sino lamentar, a veces, el haber sido autor –llevando indirectamente a mis amados padres a la muerte– de desgracias que iban a marcar profundamente mi futuro.

Una noche que pasaba por delante de la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un expósito procedente del taller de mi madre, vi a un policía que parecía estar vigilando de cerca mis movimientos. A pesar de mi juventud, yo había aprendido que el comportamiento de un policía, cualquiera que sea su carácter aparente, se debe a los motivos más reprensibles, y lo esquivé entrando en la fábrica de aceite por una puerta lateral que estaba casualmente abierta. La cerré enseguida y me quede solo con mi muerto. Mi padre ya se había retirado a descansar. La única luz que había en el lugar provenía de la caldera, una luz de un carmesí profundo y vivo que brillaba debajo de una de las cubas, proyectando destellos rojizos sobre el muro. Dentro del perol el aceite todavía bullía perezosamente, empujando de vez en cuando un trozo de perro hasta la superficie. Mientras esperaba sentado a que el policía se fuera, deposité el cuerpo del expósito en mi regazo y acaricié con ternura su pelo corto y sedoso. Ah, ¡qué hermoso era! Aun en aquella edad temprana los niños ya me gustaban con pasión, y mirando aquel querubín casi llegué a desear en mi corazón que la herida pequeña y roja que se veía en su pecho –obra de mi querida madre– no hubiera sido mortal.

Había sido mi costumbre lanzar los bebés al río que la naturaleza había creado sensatamente a tal menester, pero aquella noche no me atreví a abandonar la aceitería por miedo al policía. “Después de todo –me dije–, no creo que pase nada si meto esto en el caldero. Mi padre nunca diferenciará estos huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que puedan resultar de la administración de un aceite diferente al incomparable Ol. Can. no serán de excesiva importancia en una población que aumenta con tanta rapidez”. En resumen: lanzando el bebé dentro del caldero, di mis primeros pasos en el mundo del crimen y atraje sobre mí indecibles penurias. Al día siguiente, en parte para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre de que había obtenido la mejor calidad de aceite que jamás se había visto, que lo médicos a quienes les había llevado muestra así lo habían confirmado. Añadió que desconocía por completo cómo había conseguido aquel resultado; los perros habían sido tratados en todos los aspectos como habitualmente, y eran de raza ordinaria. Juzqué mi deber dar una explicación, cosa que hice, aunque me habría mordido la lengua de haber podido prever las consecuencias. Lamentando la ignorancia previa de las ventajas de combinar sus oficios, mis padres enseguida tomaron medidas para reparar su error. Mi madre trasladó su taller a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes asociados al negocio; no fui requerido nunca más para hacerme cargo de los cuerpos de los pequeños que sobraban, y no hubo tampoco necesidad de seguir atrayendo a los perros a su ruina, pues mi padre los descartó todos de golpe, aunque mantuvieron un asiento de honor en el nombre del aceite. Me vi tan de repente en la ociosidad, que de manera natural pude haberme convertido en un vicioso y un disoluto. Pero no lo hice. La bendita influencia de mi querida madre estuvo siempre a mi lado para protegerme de las tentaciones que asedian a la juventud, y mi padre era diácono en una iglesia. ¡Ay de mí, que por culpa mía estas estimables personas llegaran a tener un final tan horrible!

Viéndole un doble provecho a su negocio, mi madre se entregó a él con devoción y renovada diligencia. A partir de entonces no se limitó a deshacerse por encargo de los bebés que sobraban o no deseados, sino que salió a las calles y caminos a por niños ya más crecidos e incluso a por los adultos que pudo atraer hasta la fábrica de aceite. Por su parte, mi padre, enamorado de la superior calidad del aceite producido, se dedicaba a abastecer sus ollas con celo y dedicación. La transformación de nuestros vecinos en aceite de perro se convirtió en la única pasión de sus vidas, y una codicia incontenible y absorbente se apoderó de sus almas, reemplazando en parte a la fe en el Cielo que también les inspiraba.

Para entonces se habían vuelto tan emprendedores que se convocó una reunión pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. El Presidente declaró que de producirse nuevos ataques contra la población serían respondidos con espíritu hostil. Mis pobres padres abandonaron la reunión con el corazón destrozado, desesperados y, a mi parecer, sin estar del todo en su sano juicio. Sea como fuere, aquella noche estimé prudente no ir con ellos a la fábrica de aceite, y dormí fuera en el establo.

A eso de la medianoche un misterioso impulso hizo que me levantara para mirar a través de la ventana en el interior de la sala de calderas, donde yo sabía que mi padre dormía. El fuego ardía vivamente, como si al día siguiente se esperara una producción abundante. Uno de los calderos más grandes burbujeaba con lentitud y misterioso aire de contención, como si se estuviera tomando su tiempo antes de desencadenar toda su energía. Mi padre no estaba en la cama: se había levantado en camisón y estaba haciendo un nudo en una soga gruesa. Por las miradas que echaba de cuando en cuando a la puerta del cuarto de mi madre pude deducir claramente lo que se proponía. Paralizado y enmudecido por el terror, nada pude hacer para prevenirla o avisarla. De repente la puerta del cuarto de mi madre se abrió sin hacer ruido, y quedaron enfrentados el uno al otro, ambos aparentemente sorprendidos. Ella estaba también en camisón, y sostenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una daga de larga hoja.

Tampoco ella había sido capaz de negarse a sí misma el último provecho que la poco amistosa actitud de sus conciudadanos y mi ausencia le iban a permitir. Se miraron con ojos iracundos por un instante y luego saltaron furiosamente el uno sobre el otro. Pelearon dando vueltas por la habitación, el hombre maldiciendo, la mujer chillando, ambos luchando como demonios, intentando ella herirlo con la daga y él ahorcarla con la soga entre sus grandes manos desnudas. No sé durante cuánto tiempo tuve la desgracia de presenciar este desagradable ejemplo de falta de respeto conyugal, pero al fin, después de un forcejeo particularmente intenso, los luchadores se separaron repentinamente.

El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban señales de contacto. Por un momento se miraron con hostilidad. Luego, mi pobre padre, malherido y sintiendo posarse sobre sí la mano de la muerte, avanzó, sujetó a mi madre con los brazos sin hacer caso de sus intentos de resistencia, la arrastró al lado del caldero hirviente y, reuniendo sus últimas fuerzas, ¡la levantó y saltó dentro con ella! En un santiamén ambos desaparecieron, incorporando su propio aceite al de la comisión de ciudadanos que el día anterior les había llevado citación para la asamblea pública.

Convencido de que estos acontecimientos desafortunados me cerraban las puertas de una carrera honorable en el pueblo, me mudé a la ciudad de Otumwee, donde estas memorias han sido escritas con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó tan terrible desastre comercial.

FIN

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