Habitualmente se deslizaba a la siesta a eso de las tres, dejándose hundir en la penumbra mullida de la habitación durante una hora aproximadamente. De regreso a la superficie, aún entre sopores, se sentaba al ordenador y revisaba el correo, tal vez contestaba algún mensaje, y después cogía el bolso –libro, tabaco, cuaderno, boli–, y se iba a tomar café al Bar Macario. Ya en la calle caminaba despacio, raseando las paredes para no salirse del caminito estrecho que pavimentaban de frescor los aleros.
El Macario era el centro del pueblo: punto de encuentro, estación de paso, aire acondicionado, café, tabaco, papel de liar, pan, huevos, quiniela y lotería, el botellín de “Mahou” a un euro redondo, toros, fútbol, “tour”, tute, dominó, mus… Un bar, el bar del pueblo, que sólo estaba tranquilo a la hora que él solía llegar, las cinco o las cinco y pico, cuando allí dentro se oía el zumbido familiar de la tele y poco más. El bar estaba en la calle principal –que en ese punto se dilataba en un anchurón repleto de coches estacionados– y orientado al oeste, y en consecuencia, por la tarde, miraba de frente al sol. Adosados a la fachada, a ambos lados de la puerta de entrada, había dos poyos de piedra y cemento en los que le gustaba sentarse, precisamente a esas horas, a pasar calor. Salía afuera con el café y el orujo y se sentaba en el cemento ardiente, sacaba el libro del bolso, encendía el cigarrillo… Y después se dejaba achicharrar. Sobre el poyo se proyectaba un emparrado frondoso que por las mañanas entoldaba, pero que a la tarde, con el sol en lo alto, apenas alcanzaba a tenderle una visera. Una vez allí instalado, con todos los bártulos a mano, recomenzaba su nervioso ceremonial: un sorbito al café, otro al orujo blanco, una pitada al cigarrillo, después se revolvía en el sitio, daba otro sorbo al café, leía unas líneas, entonces se descalzaba y apoyaba los talones en el canto del poyo, que también ardía, se mojaba los labios en el aguardiente, regresaba a la lectura… ¡Qué calor! Entraba a por otro café y otro orujo, y cuando la camarera le había servido, volvía a salir y se sentaba, y volvía a rebullir en el cemento, y empezaba otra vez con el café, y pasaba al orujo y de seguido se hundía en las páginas del libro, respirando por la nariz el aire seco y abrasador, removiéndose bajo el sol implacable… Pero poco a poco, al pasar de los minutos, su inquietud iba cediendo, bajando los brazos, hasta que por fin se dejaba vencer consumida al fuego de la tarde, y un rumor de fondo se extinguía en su consciencia, y una especie de silencio que antes no se dejaba escuchar se hacía presente… Una sensación extraña de calma conquistada se adueñaba de él, y al punto se sentía listo para volver a casa a hacer lo que todos los días, sentarse un rato a escribir, y después la cena, y luego, antes de acostarse, un disco, o bien la radio, para cerrar así el círculo de la jornada, el círculo de sus jornadas todas iguales. Pero antes de levantarse y marchar de allí, las tardes aquellas de verano que se sentaba a tomar café en el poyo del Macario, el hombre viejo esperaba, como quien espera una señal, a que el aire pesado y quieto comenzara a moverse, a desperezarse en una ligera brisa, y entonces se esforzaba en atrapar el roce fresco en la nuca, en los pliegues de los brazos, entre los dedos y en las sienes húmedas…
Un roce como un recuerdo, vale decir un beso, que el aire de la tarde depositara, cómplice, en el medio mismo de la frente de su soledad.
Vaya por delante: quien esto escribe le tiene verdadero flaco a la Faithfull, la respeta y admira como artista y como mujer, y se siente contento del impulso que la carrera de la británica ha tomado en los últimos años. Dicho esto, la oportunidad de asistir a un recital publicitado “íntimo” de la que fuera cortesana mayor del Swingin’ London se presentaba como uno de los grandes acontecimientos del verano en Madrid; una cita ineludible para quienes somos sensibles al singular encanto –tan aristocrático como callejeado– de Lady Rock’n’Roll. Y la Faithfull no defraudó.
Calcanhotto.
La velada comenzó de manera sorprendentemente agradable con la actuación de Adriana Calcanhotto –¿es que acaso puede molar una artista que no viste de cuero y lleva las nalgas, eso imagino, sin tatuar? ¡Recuerden que esta publicación se llama SÓLO ROCK!–. Calcanhotto consiguió embelesar a este plumilla con su personal mezcla de bossa, pop y folk, derramando con elegancia una voz de timbre dulce y maderoso que la brasileña es capaz de remansar o ahilar a voluntad, tañendo sabiamente la cuerda de la emoción. Sin recurrir en ningún momento al aspaviento, la cantante y guitarrista, jaleada por una nutrida parroquia brasileira, ofreció un recital que alternó clásicos del bossa nova con temas propios, permitiéndose alguna que otra frivolité –incluidas sendas versiones de Madonna, Manu Chao y el Dúo Dinámico, esta última la más convincente, pues se convirtió en una especie de canción protesta completamente creíble–. Calcanhotto demostró ser una consumada maestra en la distancia corta –más atmosférica que física, dadas las dimensiones del recinto–, dejándome, tras abandonar el escenario, guiñando los ojos y con una sensación de sonrisa en la tripa. Un entrante tan ligero como delicioso y que salga mi amada Marianne.
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Tardó quince minutos en hacerlo. La Faithfull apareció en el escenario vestida impecablemente de negro, pisando con sesentones tacón y tiento, y seguida de cerca por el gran Doug Pettibone. Cierto, a más de uno nos habría gustado ver a Marianne respaldada por una auténtica banda –la necesaria para dar vida como corresponde a los temas de su último y excelente “Easy come, easy go”–, del mismo modo que habríamos preferido escuchar al maestro Pettibone empuñando una Gretsch Duojet en lugar de la acústica –quien quiera disfrutar del pulso excelso del guitarrista puede acudir a los discos de Lucinda Williams–… Pero en fin, lo cierto es que ya estábamos avisados, y quien más quien menos había ajustado sus expectativas al socorrido formato “voz y guitarra” que tan de moda se ha puesto en estos tiempos de crisis imaginativa y raquitismo presupuestario.
Pettibone.
Así pues, con el único acompañamiento de la acústica de Pettibone, Marianne arrancó un poco insegura, como perdida en el enorme escenario –que sin duda no era el más apropiado al tono recogido de la propuesta–, e hizo temer que la velada, en lugar de íntima, acabara resultando más bien desangelada –la gran cantidad de asientos vacíos en la grada tampoco ayudaba–. Pero la flojera le duró a la Faithfull lo que tardaron en llegar sus grandes clásicos. Tras interpretar “Times Square”, “Down from Dover” y “The crane wife 3”, la británica atacó “Broken english” y la cosa comenzó a funcionar. También cayeron “Salvation” y “Crazy love”, esta última el excelente tema que para ella compuso Nick Cave, y a continuación la rubísima sesentona le hincó el diente a la parte más sustanciosa del set-list, veinte minutos mágicos en los que empalmó “The ballad of Lucy Jordan” –¿su mejor canción de siempre?–, “Sister morphine” y, cómo no, “As tears go by”. Mientras mi cerebro centrifugaba uno de los capítulos más jugosos de la Historia del Rock & Roll, la Faithfull tiró de estilo y supo imprimir a los temas más importantes de su cancionero esa ironía casi grotesca que tan buenos réditos artísticos le ha proporcionado en los últimos años: asfixiando en las narices su voz curada, retorciendo afónicamente el final de las sílabas, la Faithfull insufló nueva vida a sus temas de siempre, que, cantados por la elegante y resabiada sexagenaria, adquirieron nuevos significados, si cabe más potentes. Así es: las palabras “It is the evening of the day, I sit and watch the children play…” no dicen lo mismo entonadas con frialdad por una hermosísima jovencita con las hormonas en eclosión, que recitadas con retranca caricaturista por una ajada dama ya de vuelta de todo. La Faithfull es una excelente actriz, no hay duda, y cuando se interpreta a sí misma, enamora. Ya cerca del final, todavía hubo tiempo para otro momento memorable: “Sing me back home” –la preciosa balada carcelaria del gran Merle Haggard que la Faithfull canta en comandita con tito Keith en su último elepé–, resultó tan sarcástica como honestamente enternecedora, y supuso un estupendo colofón a la noche, que ya no daba para más. En el bis, algo innecesario, sonó “Strange Weather”, pero el corazoncito que sólo unos minutos antes la vieja rockera nos había mostrado desnudo, ya había sido abrigado en espera de mejor ocasión, los años nos vuelven sensibles al frío –y eso precisamente, frío, es lo que una buena parte del público, despistado por lo insólito del cartel, transmitía.
Una noche de emociones contadas, cantadas, y siempre más hondas que intensas. A estas alturas de la película la Faithfull es indiscutible, pero hay que reconocerle que está sabiendo cerrar el círculo de su carrera artística con estilo, orgullo e inteligencia. Y es que ya se sabe: el perfume más delicado, el más penetrante y memorable, es el que exhala el último pétalo al desprenderse de la flor marchita… Afortunados quienes lo aspiran. We love you, Marianne!
Amigos y niñas: un semana más Caja de Música se lanza a la conquista del espacio radiofónico hertziano –y virtual– desde la plataforma de Radio Gredos Sur. La edición de esta semana ha sido específicamente seleccionada y secuenciada para hacer más soportables al oyente los rigores propios de la canícula: en total una horita de refrescantes hits que se recomienda consumir al golpito, apoltronados en una tumbona y con un trago “on the rocks” al alcance de la mano –lo mismo vale el clásico Gin Tonic que un empalagoso San Francisco, los extremos se tocan–: teen pop, espagueti country, garage surf, blue eyed soul, rock fronterizo… Una receta de los más variada que junta a artistas de la talla de Nancy Sinatra, Bobby Fuller, Scott Walker, Marianne Faithfull, Boobie Gentry, Jan & Dean, Sandie Shaw…. Melodías seductoras, ritmos elegantes y groove a raudales en un episodio que incluye alguna que otra sorpresilla, como la presentación de la que, a partir de la semana que viene, será la nueva sintonía de cabecera de este tu programa favorito. Ala, pues, que ustedes lo disfruten y a seguir dando la brasa, no queda otra.
“Andando, andando, / que quiero oír cada grano / de la arena que voy pisando”. El consejo en verso es de Juan Ramón Jiménez, y me he propuesto seguirlo a pies juntillas durante el par de meses que el verano ha comenzado a desenrollar a mi paso, meses en los que mi objetivo principal será hacer pocas cosas. Y hacerlas sin prisas.
El sábado está cubierto, pesado, uno de esos días que parecen negarse a respirar. Desayuno en la cocina, sentado a la vieja mesa de olivo, una chuleta de sajonia con puré de patatas, un zumo de pomelo rosa y un café, mientras arriba, en el despacho, suena el primer disco de Bobbie Gentry. Me alegra comprobar que la Pizca comienza a adaptarse a la nueva casa: cuando abro la puerta de la calle, acude de inmediato y se sienta muy tiesa y atenta en el quicio, recogiendo sus manitas enguantadas con el cordón de la cola. Yo también tomo asiento, a su vera, con un cigarrillo recién liado entre los labios y el tazón de café en las manos, y ella, muy gata, me mira torcido como diciendo “no tengo la menor intención de aventurarme hasta que conozca mejor el terreno. Chaval”. La Pizca nunca lleva prisa. Es dueña de su tiempo, vive en él, no disputa una carrera estúpida en su contra. Mientras ella escruta la calle arriba y abajo, yo ordeno el día en mi mente: antes de comer, un poco de lectura al aire libre; me llegaré a la charca de “La Nieta” y a orillas de la garganta retomaré las aventuras nimias de esos entrañables chavales de ciudad de provincias que protagonizan “Vidas erráticas”, la novelita deliciosa de Celati que acaba de salir en Periférica. Eso por la mañana y si no llueve, que no sé yo. Después comeré en casa –tengo un brócoli en el cajón de la nevera–, sestearé, y por la tarde le daré a las teclas, a ver si consigo convertir las notas en algo con sentido. Tras unos meses escribiendo exclusivamente sobre música, tengo ganas de tirar del hilo de otro ovillo, la idea es currarme semanalmente una columna o post que sepa y huela a verano. Creo que las llamaré “veraniegas”: no soy aficionado a los toros, pero los años en el Foro han espolvoreado mi habla de giros y dejes achulados que sí lo son. “Por veraniegas”. “A la veraniega”. O simplemente “veraniega”. Ya decidiré el cintillo, lo importante es que durante las próximas semanas los sentidos palpen el exterior con algún propósito concreto.
Quince metros más allá, al final de la calle, dobla la esquina un mastín imponente de color pardo, y metro y medio de cuerda después, aparece una mujer más o menos de mi edad vestida con camiseta de tirantes roja, tejanos cortados a medio muslo –ñam– y chancletas. Nos conocemos ya de vista. La Pizca ve el perrazo, da media vuelta y se lanza escaleras arriba como una exhalación. Cuando la mujer llega a mi altura, se detiene y me dice: “qué gato tan bonito”, señalando con el mentón hacia arriba. La Pizca está asomada al balconcillo del despacho, con los ojos clavados en el mastín.
–Es gata, se llama Pizca. Es muy prudente, y bien que le va. ¿Y este caballo? –pregunto yo.
–Es perra, una hembra enorme, pero hembra. Siéntate Poza, ¡sién-ta-te!
La mujer se sienta ella misma sobre los cuartos traseros de la perra hasta que consigue que el animal haga lo propio.
–Hace poco que os habéis instalado –afirma.
–Un mes o así… Antes estábamos en la plaza de El Cerrillo. Tú vives aquí cerca, ¿verdad?
–A dos minutos, subiendo hacia la fuente de El Rozao.
La Poza ha visto a la Pizca en el balcón y no se quitan ojo. Comienza a llover, tímidamente.
–A ver si rompe y limpia de una vez… ¿Un café? –digo brindando el tazón, sorprendido de mi arrojo.
La mujer levanta la vista al cielo, como si leyera en el entoldado gris la respuesta.
–¡Bueno! Voy a dejar a la perra y vuelvo. Venga, hasta ahora –sonríe amplio y se alejan, la mujer a rastras de la perra, y enseguida doblan a derecha en la calle que asciende hacia la fuente de El Rozao y desaparecen.
–¡Bueno! Pues habrá que hacer más café, ¿eh, Piz? –voceo a la gata, que sigue en el balcón.
Mientras cargo la cafetera caigo en la cuenta de que no sé el nombre de la dueña de la Poza. Un misterio, una sensación agradable que merece la pena acariciar mientras dure, serán sólo un par de minutos.
Bueno, bueno, bueno… Llega el veranulis, los quehaceres se remansan, las espaldas se relajan y acto seguido se contracturan, las plantas de los andarines se endurecen a fuerza de pisar descalzos… Lo que no cambia –en lo que toca a su excelsa calidad– es la ración de música para marquesonas del morrofino que, semana tras semana, trae hasta este tu blog preferido el singular espacio Caja de Música, reputado uno de los programas más audaces de la radiofonía del Valle del Tiétar. Porque, a ver, ¿qué otro programa tiene los santos piñones de arrejuntar, en sólo una hora, a gigantes de la música popular yankee tales que Tim Hardin, Townes Van Zandt, Guy Clark, Jackie DeShannon etcétera, etcétera, etcétera? Pues bueno, ya estáis informados: una horita de country-folk de aúpa, con preferencia en esta ocasión por el baladón crepuscular, y espolvoreada con la traducción de alguna que otra letrilla y los comentarios siempre agudos de su apuesto conductor. Así que, en fin, yo me abriría una birrita, liaría un cilindro, y me dejaría caer suavemente en ese sillón que tanto nos gusta sudar. Quien encienda el ventilador comprobará que el aire transporta delicados, deliciosos perfumes campestres.
De este disco se cuenta que, al escucharlo, Jagger dijo que era mejor que el Sticky Fingers, también del 71. Cuestión de gustos. Lo que no puede ponerse en duda es que el elepé de los de San Francisco es uno de los grandes discos del Rock’n'Roll de principos de los setenta. El álbum que cabía esperar de una banda de pirados que reaccionó a la psicodelia ensimismándose en el blues y el rock and roll más clásicos, para ver finalmente la luz al presenciar en directo a los MC5 y los Stooges. Liderados por un cantante demente –Loney– y un guitarrista superclase –Jordan–, los Groovies, elegantes, salidos y macarras, se ponen hasta el culo de bourbon y keroseno antes de entrar en combustión para lanzar a los cuatro vientos un lúbrico aullido hecho de country, blues y r’n’r. Morirse sin haberlo escuchado es, sencillamente, una desgracia, además de una soberana gilipollez.
En su quinto álbum el Rey del Swamp Rock se puso en manos del gran productor Jerry Wexler para grabar un disco mucho más acústico que sus anteriores trabajos. El tono es intimista y confesional, y las canciones, redondas, hacen de vehículo perfecto para que una de las voces más hondas de la música popular yankee se haga un sitio para siempre en el corazoncito del aficionado. Del country al rock and roll, del blues al soul pasando de puntas por el gospel, TJW va acariciando de manera magistral los diferentes palos en un álbum que transcurre pausado, y en el que destacan los baladones crepusculares como “The Migrant”, “Take Time To Love” o el corte magnífico que da título al elepé. Al loro con los arreglos del señor Wexler, una muestra de sabiduría. Obra Maestra Indiscutible del Rock & Roll, chavalotes.
Con este elepé se me hace claro algo curioso; escuchando canciones como «Ooh la la», «Glad and sorry», «Borstal boys» o «Cindy incidentally», comprendo que el Rock & Roll viene a ser para mí algo equiparable a lo que algunos asnos deben querer nombrar cuando rebuznan eso de “patria”. Yo soy de, pertenezco a –en cierto modo sentimental– un país imaginario del que es asimismo originaria, entre otras, la música de esa banda inmensa que fueron los Faces. La elegancia callejera, la existencial chulería, el romanticismo zoquete, la simplicidad lúcida, el hedonismo agridulce, el caderazo filosófico, todo ello tiene para mí un sentido bien reconocible. En el Ooh La La los británicos alternan el fiestón eléctrico, aguardentoso y vacilón, con la resaca que se deja lloviznar, pensativa, en los verdes prados de la campiña inglesa. Bendito sea Rod Stewart. Bendito sea Ron Wood. Bendito sea, por siempre, ese pedazo de músico llamado Ronnie Lane.
Ay, ay, tiempos locos estos que nos ha tocado a nosotros, sufridos hombres, vivir… Para inyectar un poco de cordura y energética sustancia en ellos, ya está dispuesta para regalar los oídos más exigentes una nueva edición de Caja de Música, la número 24 –nada menos–, en esta ocasión el tercer episodio (de los cuatro previstos) de la miniserie dedicada a la música negra de los 50 y los 60. El programa de esta semana se centra en artistas pioneros de lo que acabó siendo el Rock & Roll, así como en algunas de sus estrellas consagradas: Roy Milton, Big Joe Turner, Roy Montrell,Chuck Berry, Little Richard, Fats Domino, Larry Williams, Bo Diddley… Una puñetera gozada, para que negarlo, de la que puedes empezar a disfrutar con sólo clicar en uno de los enlaces adjuntos. “Boggie to the west, boogie to the east, boogie to the right, boogie tio the left…”…. Quiponroquin, pals!
Richard Wayne Penniman (Macon, Georgia 1935), más conocido como Little Richard, es por derecho propio uno de los padres de eso que se llama Rock & Roll. Compositor e intérprete de algunos de los himnos primerizos que arrasaron Estados Unidos a mediados de los 50, nunca pudo ceñirse, sin embargo, la corona de Rey del Rock, adjudicada a su contemporáneo Elvis. Según el propio Richard, él era demasiado estrafalario, demasiado locaza y demasiado negro para que los medios lo escogieran como icono de la nueva cultura juvenil de la América de posguerra.
Richard empezó, como tantos otros, cantando en grupos de gospel en su vecindario. Siendo ya un preadolescente, comenzó a despuntar tanto por su prodigiosa voz –con ese característico aullido en falsete– como por su desbordante personalidad; desde muy joven gustó de travestirse, maquillarse y pisotear los tabúes de la puritana sociedad de la época, hasta que a los 13 años, cansado de sus excentricidades, su padre lo echó de casa y Richard comenzó a girar enrolado en espectáculos itinerantes que combinaban música rythm’n’blues, bailes picantes y números humorísticos. Su explosivo directo y su incendiario estilo al piano le permitieron hacerse poco a poco un nombre, y a principios de la década consiguió un contrato con RCA. Estas grabaciones no tuvieron éxito alguno, y Richard tuvo que volver temporalmente a lavar platos en el bar de la estación de autobuses de su Macon natal.
Pero en el año 55 iba a llegar su oportunidad. Richard envió una maqueta al sello Specialty, una de las discográficas de música racial más importantes del momento. En un principio, la cinta no llamó la atención del propietario de la compañía, Art Rupe, pero al cabo de unos meses, y falto de artistas de éxito en su catálogo, Rupe decidió probar suerte con Richard y programó una sesión en Nueva Orleans, ciudad en la que residían los músicos con los que habitualmente trabajaba el sello. La dirección de la grabación corrió a cargo de Bumps Blackwell –productor artístico de Specialty–, y la misma tuvo lugar en una habitación de hotel. Cuenta Blackwell que durante la mañana probaron varios temas, algunos aportados por Richard y otros propuestos por el sello, pero la cosa no acabó de funcionar. La música no despegaba, los resultados eran desilusionantes, así que Blackwell decidió interrumpir la sesión para seguir intentándolo por la tarde. Durante el receso, el equipo acudió a reponer fuerzas a un restaurante cercano y allí fue donde saltó la chispa: Richard, estimulado por la presencia de numerosos clientes, se acercó al piano que había en el local y escupió una explosiva versión del TUTTI FRUTTI, que Blackwell reconoció de inmediato como el “hit” que andaban buscando. El equipo al completo volvió al hotel y se puso a trabajar, mientras una conocida de Blackwell suavizaba la letra original, cuyo contenido sexual era excesivamente explícito para la época. Tres tomas, quince minutos, bastaron para registrar la que es una de las pirmeras grandes canciones de la historia del Rock and Roll. Nada más publicarse el sencillo, se convirtió en un éxito a nivel nacional, alcanzando ventas millonarias y elevando a Richard a la categoría de superestrella. Después de “Tutti Frutti” vendrían “Long Tall Sally”, “Good Golly Miss Molly”, “Slippin’ and slidin’”, “Rip it up”, “Lucille”…
La biografía.
Los interesados en profundizar en la vida y la obra de Richard, pueden acudir a dos referencias imprescindibles, una sonora y otra editorial. Por un lado, “The very best of Little Richard” (SPECIALTY), recopilación que repasa los primeros años de la trayectoria de Richard e incluye la totalidad de sus hits, los cuales pueden volver a difrutarse en todo su esplendor gracias a una remasterización magnífica. Y por el otro, la excelente y amena biografía autorizada “Ooh, my soul”, escrita por el británico Charles White y recientemente publicada en castellano por Penniman Books. Ambos documentos arrojan luz sobre la ya de por sí rutilante figura de Richard, cuya música, medio siglo después, sigue conservando intacta su frescura original. ¿Auamba buluba, balam bambú? ¿En pleno siglo XXI? Proceda el lector a la escucha y saldrá de dudas.
Para mí este tardío Blood & Chocolate es, con This Year’s Model, lo mejor que Costello grabó con The Attractions (quiero menos al Armed Forces, sí). «Blue chair», «Battered old bird» y «Crimes of Paris» se cuentan entre lo mejorcito de su cancionero. Pero además de varios cortes redondos, lo que convierte el disco en una obra irresistible es su eclecticismo, que va de la filigrana descoyuntada a la pieza de dos acordes, de la melodía inverosímil al estribillo de mascar… Todo pasado por la batidora de una producción revoltosa, desvariada, juguetona y efectiva, obra del gran Nick Lowe. En resumen: la libertad creativa de McManus (ya) en solitario, moldeando en el estudio el sonido cuajado de The Attractions y viceversa. En cuanto a ese milagro titulado «I want you», no queda otra que escuchar para creer.
Bueno, la vida sigue, los días pasan y Caja de Música se empeña, erre que erre, en seguir inyectando en tus orejas la música más finolis de la historia del rock. La última edición lleva el conveniente título de THE GILBERT SESSIONS VOL. I, pues ha sido un amiguete mío, el gran Jimmy Gilbert (ver foto de la ficha policial que le abrieron cuando fue arrestado por estupro durante unas vacaciones en Torrevieja) quien ha seleccionado para los oyentes de Caja de Música doce joyitas del power pop de todas las épocas, género del que posee unos conocimientos enciclopédicos. Entre otros suenan bandas como The Keys, The Sugarplastic, The Spongetones, The Someloves, The Gladhands, Action Now… Lo dicho, canela en rama, de principio a fin, en esta colección no apta para diabéticos perpetrada por el execrable Gilbert. Que ustedes lo disfruten y hasta la semana que viene.
Señoras y señoritos. Llega hasta ustedes una flamante edición de Caja de Música, el programa de radio más lozano de las ondas castellano-leonesas. La hora de esta semana está dedicada al rythm’n'blues y el soul más clásicos, y en el intervienen figurones de la talla de Smokey Robinson y sus Milagros, Ray Charles, Solomon Burke, Wilson Pickett, Sam Cooke… Una ristra de aúpa, no me lo pueden ustedes negar, que unas veces arrullará y otras inflamará el ánimo dispuesto del oyente. Pues nada más, queridos y queridas, sólo deciros que, superado el trance de la mudanza múltiple, el programa intentará recuperar de una puñetera vez la regularidad perdida. Sea.
En 1963, sólo un par de años después de haber dejado atrás su etapa gospel, Sam Cooke era ya toda una estrella. Sus singles de la época, piezas de soul ligero tan exquisitas como inofensivas, alcanzaban invariablemente, al poco de publicarse, los puestos más altos en las listas de ventas, afianzando uno tras otro el nuevo status de ídolo del pop de quien fuera líder y solista de los Soul Stirrers.
Fue en el verano de ese mismo año 63 cuando, de manera inesperada para todos, “Blowin’ in the wind”, la canción de Bob Dylan, empezó a sonar a todas horas en las radios del país. El tema triunfó primero en la adaptación de Peter, Paul & Mary, y poco después en la versión original, la que el propio Dylan había incluido en su elepé THE FREEWHEELIN’ BOB DYLAN (1963). Cuentan los biógrafos que Sam Cooke la escuchó y quedó impresionado; al parecer, lo que le chocó fue que una canción, interpretada por un blanco, cuya letra abordaba abiertamente el tema de los derechos civiles, pudiese llegar a convertirse en un éxito pop. Hay que decir que hasta ese momento Cooke no había mostrado demasiado interés por la política, y su respaldo a las demandas de los de su raza se había producido de forma más bien indirecta: él había sido uno de los primeros artistas en dar el salto del rythm’n’blues al pop con verdadero éxito, esto es, uno de los primeros cantantes negros en triunfar a gran escala también entre el público blanco, lo que naturalmente lo convirtió en un símbolo para la minoría afroamericana que en aquellos años comenzaba a echarse a la calle para luchar por el reconocimiento de sus derechos y libertades.
Un día, casi un año después de haber escuchado por vez primera el tema de Dylan, Cooke llamó a su manager de toda la vida, J.W. Alexander, y le pidió que acudiera de inmediato a verle; Cooke necesitaba mostrarle una canción que acababa de escribir, una canción que, en sus propias palabras, le había llegado “como en un sueño”, una canción que era “diferente de las otras”. Alexander se presentó aquella misma noche en el domicilio neoyorkino del cantante y Cooke, sentado en el sofá del salón de su casa, interpretó repetidas veces para él “A change is gonna come” acompañándose nada más que de una guitarra. El veredicto de Alexander fue inequívoco y matizado: en su opinión, la canción era lo mejor que Cooke había escrito jamás, aunque dudaba seriamente de su potencial como hit. “Si mi padre la hubiese escuchado se habría sentido orgulloso, ¿no crees, Alex?”… Esta fue la respuesta de Cooke, palabras de edípicas resonancias que dejaban al claro que las motivaciones entrañables del artista al escribirla habían sido “diferentes de las otras”. Sea como fuere, Cooke y Alexander acordaron incluirla en el elepé que tenían previsto grabar a finales de año, aplazando la decisión de lanzarla o no como single para más adelante.
En el invierno de 1964 llegó el momento de entrar a grabar. También en este punto, la suerte de “A change is gonna come” discurrió por caminos poco habituales. Cooke era un perfeccionista incurable al que le gustaba controlar hasta el extremo el proceso de producción: él mismo arreglaba los temas, decidía la instrumentación, llegaba incluso a tararear a cada músico lo que debía hacer… Pero a la hora de comenzar a trabajar en “A change is gonna come”, en lugar de intervenir decisivamente como era su costumbre, Cooke lo dejó todo en manos de René Hall, afamado productor neoyorkino especializado en el más asequible sonido pop. Cuenta Hall que lo inesperado del encargo lo llenó de responsabilidad, y que escribió y reescribió un montón de veces los arreglos hasta que sintió que había logrado dar con el tratamiento idóneo. A Hall le debemos ese inicio de cuerdas y timbales que abre la narración, el aire inconfundible que le dan al tema las poco habituales trompas, los tres movimientos liderados por secciones diferentes –percusión, cuerdas, vientos–, el puente al que los violines confieren ese intenso dramatismo, el emotivo crescendo final… La producción de “A change is gonna come” es una verdadera maravilla, los arreglos orquestales se ajustan como un guante al espíritu de la historia que cuenta la canción, subrayando en el aire su dignidad, otorgándole un algode declaración, de himno, construyendo alrededor de la voz de Cooke un decorado imponente. En lo que toca a la letra, la misma es una síntesis asombrosa de las partes diferentes: la narración de vivencias tempranas del propio Cooke, la exposición de sus dudas en torno a la religión y el sentido de la existencia, la orgullosa denuncia de la injusticia y la consecuente revindicación de respeto para él, para los suyos, y, en cierto sentido, también “para” los blancos (nada escapa al calado emotivo de la canción). En resumen, una certerísima “protest song” en clave de gospel y blues, interpretada con el estilo deslumbrante y cuajado de noble sentimiento que sólo la voz prodigiosa de Cooke era capaz de entonar.
Lo demás, como se suele decir, es historia. El once de diciembre del 64 Cooke era asesinado en circunstancias tan confusas como estúpidas. Sólo once días después se publicaba el single de anticipo de AIN’T THAT GOOD NEWS (1964), con el tema “Shake” en la cara A y “A change s gonna come” en la B. “Shake” se convirtió de inmediato en un Top Ten Hit, mientras “A change is gonna come” comenzó, algo más discretamente, su carrera pública. A los pocos meses, aquella canción “diferente de las otras” se había convertido en uno de los himnos por antonomasia de la lucha de los negros –y los blancos– por los derechos civiles, siendo entonada por la multitud en cientos de actos y manifestaciones, y versionada una y otra vez por los artistas más importantes, entre ellos Aretha o el reverendo Al Green.
Parece ser que Cooke, con la llegada de la madurez, había decidido dar un giro a su carrera, como puede aventurarse escuchando elepés como NIGHT BEAT o piezas tan hondas como la que nos ocupa. Nunca lo sabremos, nunca lo escucharemos. Así es que conformémonos, que no es poco, con lo que le dio tiempo a hacer durante los treinta y tres años que estuvo en este mundo, treinta y tres años sembrados de grandísimas canciones, entre las cuales ocupa un destacadísimo lugar este “A change is gonna come” que sin duda habría llenado de orgullo al padre del bueno de Sam. No sólo por su significado o histórica trascendencia. También por su intrínseca belleza y por esa capacidad para emocionar que el paso de los años no ha hecho sino afirmar.
Hoy es mi cumpleaños, un minuto le queda, así que después de pasarme el día entero delante del ordenata, me voy a tomar una. A tu salud, Sam.
Fuentes: SWEET SOUL MUSIC y DREAM BOOGIE, ambos del maestro Peter Guralnick, amén de sus notas interiores a la recopilación SAM COOKE: PORTRAIT OF A LEGEND.
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A CHANGE IS GONNA COME (S. Cooke)
I was born by the river /In a little tent, and o / just like that river /I’ve been running ever since
It’s been a long long time coming, but I know
A change is gonna come, oh yes it will
It’s been too hard living / but I’m afraid to die / ’cause I don’t know what’s up there / beyond the sky,
It’s been a long time coming, but I know
A change is gonna come, oh yes it will
(I go to the movie and I go downtown / Somebody keep tellin me / don’t hang around)
It’s been a long time coming, but I know
A change is gonna come, oh yes it will
Then I go to my brother /and I say brother help me please / But he wind up knocking me / back down on my knees
There have been times that I thought / I couldn’t last for long / But now I think I’m able to carry on
It’s been a long time, but I know
A change is gonna come, oh yes it will
SE ACERCA UN CAMBIO (S. Cooke)
Nací a orillas del río, en una pequeña tienda,y desde entonces, como el río mismo, he estado corriendo sin cesar…
Ha tardado mucho tiempo en llegar
pero yo sé que se acerca un cambio, que las cosas, sin duda, van a cambiar.
Ha sido una vida dura, demasiado dura, pero yo tengo miedo a morir porque no sé lo que hay allí arriba, más allá del cielo…
Ha tardado mucho tiempo en llegar
pero yo sé que se acerca un cambio, que las cosas, sin duda, van a cambiar.
Voy al cine, sí, y también paseo por el centro, pero hay gente que sigue diciéndome: “no te dejes ver por ahí”…
Ha tardado mucho tiempo en llegar
pero yo sé que se acerca un cambio, que las cosas, sin duda, van a cambiar.
Y entonces recurro a mi hermano y le digo: “Hermano, por favor, ¿puedes ayudarme?”, pero él zanja la conversación a golpes,
me golpea hasta que vuelve a tenerme de rodillas…
Hubo momentos en los que pensé que no iba a aguantar mucho más, pero ahora creo que sí,
siento que voy a ser capaz de seguir adelante…
Ha tardado mucho tiempo en llegar
pero yo sé que se acerca un cambio, que las cosas, sin duda, van a cambiar.
Otra canción memorable de la Srta. Williams, en esta ocasión del elepé ESSENCE (2001). Ahí van el clip con la interpretación –mala calidad de audio y vídeo, pero mucha miga– la letra y mi traducción La mudanza no se acaba nunca. Y encima es domingo. Necesito que una Lucinda de carne y hueso se materialice y me haga un poco de compañía esta noche. Como en la canción de Kristofferson a la que dediqué un post hace unos días, “help me make it through the night, na, na, narana, na…”. Ay.
VENTURA
I think I’m gonna make myself a little something to eat,
Get a can down off the shelf, maybe a little something sweet.
Haven’t spoke to no one, haven’t been in the mood,
Pour some soup, get a spoon, stir it up real good.
Go out with a friend, they know the music might help,
But I can’t pretend – I wish I was somewhere else.
I wanna watch the ocean bend,
The edges of the sun,then
I wanna get swallowed up
In an ocean of love.
Put on my coat, go out into the street,
Get a lump in my throat, and look down at my feet.
Take the long way home, so I can ride around,
Put Neil Young on and turn up the sound.
Drive up the coastline, maybe to Ventura,
Watch the waves make signs out on the water.
I wanna watch the ocean bend,
The edges of the sun,then
I wanna get swallowed up
In an ocean of love.
Stand in the shower, clean this dirty mess,
Give me back my power, and drown this unholyness.
Lean over the toilet bowl, and throw up my confession,
Clense my soul, of this hidden obsession.
I wanna watch the ocean bend,
The edges of the sun,then
I wanna get swallowed up
In an ocean of love.
I wanna watch the ocean bend,
The edges of the sun,then
I wanna get swallowed up
In an ocean of love.
VENTURA
Creo que voy a hacerme algo de comer, pillaré una lata de la despensa, no sé, puede que algo dulce… No he hablado con nadie, no me he sentido con ánimo… Un poco de sopa, una cuchara, remuevo con ganas… ¿Y si quedo con algún colega y salgo un rato? Escuchar algo de música puede sentarme bien… Pero no, no puedo fingir. Lo que yo quiero es estar en cierto sitio…
Quiero contemplar la curva del mar
y los bordes del sol, y entonces
quiero disolverme un océano de amor.
Me pondré la chupa, saldré a la calle con este puto nudo en la garganta y la vista clavada en los pies… Y me daré un buen paseo antes de volver a casa, eso haré, pillaré el coche y rularé un rato por ahí. Pondré a Neil Young, subiré el volumen… Y conduciré siguiendo la línea de la costa, tal vez llegue hasta Ventura y me detenga a observar las olas haciendo signos sobre el agua…
Quiero contemplar la curva del mar
y los bordes del sol, y entonces
quiero disolverme en océano de amor.
Me demoro en la ducha… Purifícame, quítame de encima esta suciedad, esta desazón, devuélveme mi fuerza y ahoga este sacrilegio… Me asomo a la taza del váter y vomito mi confesión… Y limpio mi alma de esta obsesión oculta…